Historias Narradas Apoya
Folklore Religioso Rural 12 min de lectura

Padre

A mí me mandaron a la parroquia de San Juan de la Vega en marzo. El padre Heriberto me dijo lo único importante el primer día: al sótano no baja.

Parte I · La parroquia

Lo único importante

A mí me mandaron a la parroquia de San Juan de la Vega en marzo. Yo no había sido sacristán nunca. Tenía veintidós años, acababa de salir del seminario menor sin terminar, y el padre Otálora me dijo que necesitaban a alguien joven porque allá arriba ya no quedaba quién.

San Juan queda subiendo desde Calarcá, después del último puente, donde el bus de escalera ya no llega y toca a pie. Cuarenta casas. Una escuela cerrada. Y la iglesia, que es vieja de verdad, de las de antes, con piso de tabla y un Cristo de palo al que se le ven los clavos negros del óxido.

El párroco era el padre Heriberto. Tenía como ochenta años. Casi no veía. Me recibió con la mano flaca y me dijo lo único importante el primer día:

—Mijo, usted limpia la sacristía, prepara la misa, ayuda con los entierros. Y al sótano no baja.

Yo le dije que sí, padre.

—Repítamelo.

—Al sótano no bajo, padre.

—Bueno.

· · ·
Parte II · La puerta

La llave colgada al cuello

El sótano se entra por una puerta de madera detrás del altar mayor, en la pared del Evangelio. Una puerta chiquita, como de armario, con un candado de los antiguos, de esos grandotes de bronce que ya no se ven. La llave la tenía el padre Heriberto colgada al cuello, debajo de la sotana. Yo se la vi una vez que se agachó a recoger un cáliz.

La primera semana yo ni miré la puerta. Uno cuando es nuevo hace lo que le dicen.

La segunda semana empecé a oír la tos.

Era de noche. Yo dormía en un cuartico al lado de la sacristía, una camita y un crucifijo y nada más. La iglesia y el cuarto comparten pared. La primera noche que la oí pensé que era el padre Heriberto, que el viejo estaba enfermo. Salí al corredor y la puerta de él estaba abierta. Él dormía. Lo oí roncar.

La tos venía de abajo.

Era una tos rara. Como de alguien con flema pero también como de animal. Hay perros viejos que tosen así, los que ya tienen el pecho dañado. Pero también tenía algo de persona. Se oía el esfuerzo. El intentar callarse.

Yo me quedé parado en el corredor mucho rato. Después volví a la cama.

· · ·
Parte III · Doña Berna

Cosas de Dios, pero al revés

Al otro día le pregunté a doña Berna, la señora que viene a hacer el aseo los martes. Le pregunté como sin importancia, mientras ella trapeaba.

—Doña Berna, ¿qué hay en el sótano?

Ella paró de trapear. No me miró.

—¿Le dijo el padre que bajara?

—No, señora.

—Entonces no baje.

—Pero, ¿qué hay?

Ella siguió trapeando. Cuando ya iba en la otra esquina, sin voltearse, me dijo:

—Acá hubo cosas hace mucho tiempo, mijo. Antes de que yo naciera. Mi mamá decía que en esta iglesia hubo unos padres que estudiaban. Tres o cuatro. Ya se murieron todos. Eso fue como en el cuarenta y pico.

—¿Qué estudiaban?

Doña Berna se quedó callada un rato largo.

—Cosas de Dios —dijo—. Pero al revés.

Y no me dijo más.

· · ·
Parte IV · Las noches

La pared se vuelve más delgada

La tos se volvió todas las noches. Siempre tarde, como a las dos, dos y media. Nunca a la misma hora exacta, pero siempre por ahí. Yo empecé a no poder dormir. Me acostaba esperándola. Y cuando llegaba, en lugar de aliviarme, me ponía peor, porque cada noche la oía un poquito más clara. Como si la pared se estuviera volviendo más delgada. O como si el que tosía estuviera subiendo.

Un sábado, después de la misa de la tarde, el padre Heriberto me llamó a la sacristía. Estaba guardando los ornamentos con esas manos suyas que ya temblaban solas.

—Mijo, ¿usted ha oído algo en la noche?

Yo le dije que no, padre.

Él me miró. Tiene los ojos muy claros, casi blancos de tan viejos, y aun así esa vez yo sentí que me veía hasta adentro.

—Si oye algo, no haga caso. Eso no es asunto suyo. Eso es asunto de los que ya nos vamos a morir.

—Sí, padre.

—Y no rece por eso.

Eso último me lo dijo más bajito. Me lo dijo casi como un consejo, no como una orden. No rece por eso. Yo nunca había oído a un cura decir que no se rezara por algo.

· · ·
Parte V · El desmayo

Aliméntelo

La noche que bajé fue un jueves. Tres meses después de haber llegado.

No bajé por valiente. Bajé porque esa tarde, en la misa de seis, el padre Heriberto se desmayó en el altar. Se le doblaron las piernas y se vino al piso encima del cáliz. Yo lo cogí. Pesaba como un niño. Lo llevamos al hospital de Calarcá en la camioneta del señor Aldemar. Antes de que se lo llevaran en la camilla, el padre me agarró la muñeca con una fuerza que no le conocía.

—La llave —me dijo—. En mi cuarto. En la mesita.

Yo le dije sí padre.

—Aliméntelo.

Eso me lo dijo así. Aliméntelo. Después le pusieron oxígeno y se lo llevaron.

Volví a la parroquia de noche. Subí a pie desde donde el bus me dejó. Llegué como a las once.

La llave estaba en la mesita de noche del padre, encima de un papelito doblado. El papelito tenía una lista, escrita con letra muy fea de pulso viejo. Cosas como:

Lunes: pan duro, leche.
Miércoles: el caldo de los huesos.
Sábado: lo que sobra de la sopa.
Domingo: nada.

Y abajo, subrayado:

No mirar a la cara.

Cogí la llave. Me fui a la cocina. Calenté lo que había. Era un caldo con un hueso adentro, frío, que olía fuerte. Lo eché en una olla pequeña y me fui con la olla y una linterna hasta el altar.

El candado se abrió fácil. La puerta era bajita, yo tuve que agacharme para pasar. Detrás había escaleras de piedra que bajaban en curva, muy empinadas, y un olor. Un olor a humedad, sí, pero adentro del olor había otro olor. Como a animal grande. Como a establo, pero más viejo. Y algo más, algo dulce de fondo, que yo ya había olido antes pero no me acordaba dónde.

Bajé.

· · ·
Parte VI · El confesionario

Lo que no se mira a la cara

El sótano es más grande que la iglesia de arriba. Eso lo pensé apenas llegué al último escalón. Es como si el techo de la iglesia fuera el techo del sótano nada más, y el sótano se extendiera por debajo de todo el pueblo. No es así, claro. Pero esa fue mi primera impresión.

En el centro había un confesionario.

Un confesionario igual a los de arriba, de madera tallada, pero cerrado con tablas clavadas por encima. Las tablas eran nuevas, o por lo menos más nuevas que el resto. Habían tapado las dos puertas, la del cura y la del feligrés, con tablones cruzados y clavos grandes. Por debajo de las tablas se le veía la madera vieja, oscura, con manchas.

Alrededor del confesionario el piso estaba marcado. Un círculo grande, dibujado con algo blanco, como cal. Y dentro del círculo, palabras en latín que yo no entendí. Yo del latín sé lo de la misa y ya. Estas palabras no eran de misa.

Pasé el círculo con la olla.

Me arrodillé delante del confesionario, del lado del feligrés, donde uno se confiesa. Había una ranura abajo, como de diez centímetros, entre el piso y la madera. Por ahí salía el olor más fuerte.

Empujé la olla por la ranura.

Al principio no pasó nada. Yo me quedé ahí arrodillado, sin saber qué hacer, sintiéndome estúpido. Después oí un movimiento adentro. Algo grande acomodándose. La madera del confesionario crujió como cruje una casa vieja cuando se asienta.

Y después la tos.

Pero a tres metros. Sin pared. Sin nada entre los dos.

Era más fea de cerca. Tenía algo mojado. Algo de muchos pulmones a la vez, como si el que tosía no tuviera un pecho normal sino varios pechos que no se ponían de acuerdo. La olla se movió. Despacio. Algo del otro lado la había agarrado y la estaba metiendo para adentro.

Yo no miré. Me acordé del papel del padre Heriberto. No mirar a la cara. Bajé los ojos al piso.

Pero el confesionario tiene una rejilla. La de en medio, la que separa al cura del feligrés. Aunque las puertas estaban tapadas con tablas, la rejilla del lado mío no la habían cubierto. Era un descuido. O no era un descuido.

Por la rejilla, sin querer, le vi un pedazo.

No le vi la cara. Le vi una mano. O lo que en una persona sería una mano. Tenía dedos, sí, pero tenía más dedos de los que van. Y entre los dedos tenía piel, como de pato, pero la piel tenía pelo. Pelo corto, café, como el de un perro. Y al final de cada dedo, en vez de uña, tenía una cosa negra y curva como pico.

La mano cogió la olla. La metió. Empezó a comer.

Comía como come un animal grande. Pero a veces, entre bocado y bocado, sollozaba. Como un niño. Sollozos cortos, ahogados, de alguien que está aguantándose. Y después seguía comiendo. Y después otra vez el sollozo.

Yo me quedé arrodillado ahí no sé cuánto tiempo.

· · ·
Parte VII · La voz

El intento de una palabra

En algún momento dejó de comer. Empujó la olla vacía hacia mí, por la ranura. Cuando la cogí, la olla estaba caliente, más caliente que cuando la metí. Y tenía un olor que yo no quiero describir.

Me paré para irme.

Y entonces, desde adentro del confesionario, oí la voz.

No era una voz. Era el intento de una voz. Como cuando alguien que no tiene cuerdas vocales intenta hablar. Un soplido con forma. Pero la forma era de palabras.

—Pa…dre.

Yo me quedé congelado.

—Pa…dre.

No me decía padre a mí. Me decía padre a uno de los que ya no están. A uno de los que lo metieron ahí. Yo no soy cura. Yo no he sido cura nunca. Pero tengo sotana ese día, porque me la había puesto para irle a llevar la olla, no sé por qué, por respeto tal vez.

La voz volvió a intentar.

—Pa…dre… ¿soy… hijo… su…yo?
· · ·
Parte VIII · La foto

Que Dios no los perdone

Subí. No me acuerdo de haber subido. Me acuerdo de estar arriba, con la olla vacía en la mano, en la sacristía, temblando.

En la pared de la sacristía hay un cuadro viejo. Una foto en blanco y negro de los curas que han pasado por la parroquia. Cuatro filas. Como ochenta caras. Abajo de cada una el nombre y los años.

Hay cuatro caras en la fila de arriba, la más vieja, que están tachadas con marcador negro. Encima de los nombres alguien escribió, con la misma letra fea del padre Heriberto: que Dios no los perdone.

Las fechas de esos cuatro son las mismas. 1942 a 1948.

· · ·
Parte IX · La llave

Lo que aprende abajo

El padre Heriberto murió en el hospital de Calarcá esa noche. A las tres de la mañana, me dijeron. Yo a las tres de la mañana estaba todavía sentado en la sacristía con la olla vacía sobre las piernas.

Ahora soy yo el que tiene la llave colgada al cuello.

Mandaron a un seminarista de Armenia a ayudarme. Tiene veinte años. Llegó hace dos semanas. Yo le dije lo único importante el primer día:

—Mijo, usted limpia la sacristía, prepara la misa, ayuda con los entierros. Y al sótano no baja.

Él me dijo que sí.

—Repítamelo.

—Al sótano no bajo.

—Bueno.

Yo sé que él lo oye en las noches. Yo lo oía. Yo sé que un día me va a preguntar. Y yo no le voy a contestar.

Porque hay una cosa que yo no le he dicho a nadie. Y es que la última vez que bajé, hace tres días, cuando le metí la olla, el de adentro ya no tose igual.

Tose mejor.

Está aprendiendo.

· · ·

San Juan de la Vega.
Cuarenta casas. Una escuela cerrada.
Y una iglesia que necesita a alguien joven.

← Volver a la biblioteca Apoya el proyecto →